Consagración pélvica

Bebo de tu sagrado vino de la glorificación del placer, convirtiendo mi minúsculo ser en el instrumento que reverbera el sonido perfecto, origen de toda guerra, principio de la mas absoluta paz; ritmo pélvico que me transporta deliciosamente al big bang de mis temores, alegría sobrehumana conformada en el latir de tu compás sexual. Allá, donde las legiones de ángeles lloran, compadeciéndose por haber sido expulsados del paraíso. Apartados de la visión divina, que no responde a credo alguno, por encima de ídolos de barro al cual siguen cientos de masas, cuales corderos destinados al matadero.

Consagración pélvica, efímera odisea resuelta en el preciso instante inicial. Ardo en el océano de tus ojos de fuego, fruto descarado del despotismo acumulado con el paso de los años. Serpiente de mil cabezas, arpías que se recogen en lo más profundo de mí ser, por mas que suplico distanciarme de ti, reniego de quien soy, deseoso de repetir el recuerdo de todas y cada una de las mujeres a quien representas. Pasado desvergonzado, agria despedida que nunca quise siquiera reconocer y aun así…Agradezco haberos sacado de mi vida.

Hambriento de tu absoluta pureza, reviento en sollozos al descubrir la acritud de tu desprecio, al comprobar que tu mirada no dice más, sino renegar incesantemente de ese monstruo a quien conformo, por activa o por pasiva. Golem que destruyó tu bienestar según pasaron los años, figura masculina opresora, bien fuera paternal o una plaga sin fin de hombres desalmados, hipócritas abanderados de una visión perfecta del “hombre ideal”, que no hicieron mas que demoler los cimientos de la inocencia.

Eres Gea, afrodita de una tierra desconocida. Por un segundo he acariciado el infinito, nirvana agridulce del éxtasis mas profundo. Tu piel, osario de mis huesos, me confunde mientras rememoro cada una de tus sonrisas, brutales cascadas sin fin conocido de ríos almibarados, con los cuales sacié mi sed mas profunda, mi eterna inseguridad. Cobijándome entre tus piernas de miel, útero del cual procedo. Eres tú mi síntesis, ninguna otra, tú.

Me invade el terror, atormentado con el ocaso de esta liturgia. Sabedor de tu olvido inevitable.

Consagración pélvica, efímera odisea resuelta en el preciso instante inicial.

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