Diez palabras.

Un sabor salado se adentra lentamente por la comisura de sus labios. Fuerte olor a sexo, sucio y embriagador al mismo tiempo. Pequeñas y delicadas gotas las cuales, como si de un tremendo y durante largo tiempo ansiado manjar fuera, definen exacerbadamente cada uno de los vericuetos que conforman sus rostros, ahora en lucha por vencer entre la satisfacción y el cansancio demoledor.

Dos pechos moviéndose con vigor, arriba y abajo, arriba y abajo, ritmo frenético en compás por un corazón ardiente, mientras la mente todavía saborea a modo de enérgicos flashbacks, el jardín de las delicias que no es más sino un compendio de todas aquellas pequeñas, sencillas y a la vez grandiosas gesticulaciones y/o sonidos desprendidos con locura , durante el fragor de la batalla.

Él totalmente absorto mirando al techo, tratando de mantener cierta compostura deseando no evidenciar su profundo agotamiento. La cabeza reclinada en la almohada, tanto sudor ha impregnado hasta las plumas que rellenan tal soporte. Y sin mediar palabra, con una sonrisa de oreja a oreja se siente afortunado por haber medido sus fuerzas con una diosa. Ya no eres joven, aún menos viejo. Te encuentras en esa extraña etapa vital de los muchos, que no son tantos. Impostor para la veintena, intruso para los cuarenta. Disfruta de estos instantes rejuvenecedores, haz acopio de fuerzas y espera su reacción.

Ella se gira sobre sí misma, encogiéndose en un abrazo más íntimo de lo necesario. Inocencia todavía existente, fe firme en príncipes valientes capaces de gestas caballerescas. Sus ojos son el faro de Alejandría, brillando sin temor. Fervientes apóstoles de un dogma rebelde, líder indiscutible de revoluciones a millares. Besando con mimo el varonil pecho aún no recuperado, repasando tiernamente con sus suaves dedos  cada una de sus curvas, tal cual fuese el dios Apolo.

Cinco palabras, una sentencia. “Creo que me estoy enamorando”, y su mente trata de asimilar tal veredicto, mientras ella le entrega sin lugar a dudas su mirada mas profunda, y un corazón rendido ante sus pies.

Caballo de batalla que ya ha visto mucho, si bien es cierto que no todo, pero cauto. En fracciones de micras de microsegundos, debate consigo mismo cómo demonios suavizar el golpe de la forma menos dañina. “Tienes mucho por delante aún, disfruta tanto cuanto puedas, es vital”, piensa para sus adentros. Entonces reclina su espalda en la cabecera para observar con dulzura ese par de plenilunios oculares. Arropa sus mejillas con sus gruesos dedos, marcados por el tiempo acariciándola con suavidad. Besa sus mejillas tiernamente, así como su frente, mientras ella es incapaz de comprender tal reacción.

Una última mirada, un espadazo profundo y certero en ambas almas al cual prosiguen cinco palabras, más que una sentencia, un gélido jarrón de agua fría. “Lo siento, tengo que irme”. Levántate de la cama, ahora que todavía permanece caliente, y resta parte de tu aroma. El crudo suvenir que dejarás como recuerdo. No mires hacia atrás, tu ajado músculo vital quedaría mas dañado si es que eso fuera posible.

Y una burda excusa, antes huir. “Te llamaré”, sabes bien que es más que improbable, tan solo un adiós disfrazado de falsa elegancia.

Diez palabras, un par de sentencias y dos corazones en la Atlántida separados por millas de distancia, llamada existencia.

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