El vinilo que marcó mi vida.

Purple+Rain+purple_rain_frontRecuerdo con nostalgia el primer vinilo que me regaláron. Fué una antigua amistad de mi madre, antigua compañera suya de trabajo, quien me lo regaló. Tenía la tierna edad de siete años y crecía en la sinopia de mi infancia, en el piso de la calle Berlín del cual tantos y tantos momentos recogen mis recuerdos. Mi madre, que ejercía a su vez de padre al ser una familia mononuclear, se dejaba la piel durante el día trabajando como profesora de magisterio en la Universidad de Barcelona, con una plaza no “idónea”(gracias a un recorte administrativo ejercido por el entonces ministro de cultura Alfredo Pérez Rubalcaba, habiendo puesto en una frágil situación personal a miles de trabajadores de la función pública), mientras por las noches se acostaba ya casi entrada la madrugada, redactando toda serie de recursos en un contencioso administrativo que le costó varios años de disgustos, malestar y sufrimiento. Incluida una parada cardiaca de cinco minutos de duración, en el transcurso de una operación, de la cual no ha conseguido reponerse a fecha de hoy. Consiguió eso sí ser la primera en ganarle dicho proceso al Ministerio de Educación y Ciencia, de aquel entonces,  con efecto retroactivo creando sentencia a nivel estatal. Pero esa es otra historia…

Quien crea que los 80 fueron la panacea se equivoca de cabo a rabo, fueron tiempos convulsos y la generación que crecimos en ellos acabamos mas o menos tocados. Por un lado la sociedad se abría paso al despertar tras más de 30 años de dictadura franquista, y por el otro el recuerdo perpetuo del horror vivido se avivaba cada vez que surgía cualquier signo de ensaltación al antiguo régimen, bien por parte de la ultraderecha, bien por el clero…O ambos juntos. El colegio era una buena muestra de ello, pues si bien es cierto que éramos la primera generación que disfrutamos el modelo de inserción, los viejos clichés fascistas sobre modelos válidos de familía estaban presentes día sí, día también. Creo recordar que no fué hasta mi juventud, cuando conocí cierta comprensión y normalización por parte de otras personas, al hecho de que no tuviera padre. Otra gran falacia esa de que los niños son inocentes. No, son inquisitivos, mordaces y vivo reflejo de cuantos comentarios y actitudes reflejan sus padres.

El caso es que tal amiga vino un día de visita y tras los obligatorios dos besos de rigor, nunca entenderé por qué a los críos se les obliga estar besuqueando y ser besuqueados a todas horas, como si de una mascota se tratase… Introdujo la mano en una bolsa de plástico, sacando un objeto cuadrado y plano, bien envuelto en papel de regalo. “¿Qué se dice?” “Gracias…”

Agarré el regalo y tras otro beso de rigor, comencé a desenvolverlo con frenesí. “Rompe el envoltorio si quieres… “¡Era un vinilo! “Es para tí, tu primer disco.” Lo ojeé con curiosidad. ¡Qué raro! Pensé para mis adentros. “Purple Rain”, rezaba como título. Y en él aparecía un hombre con una extraña vestimenta, a saber, con una chaqueta púpura, camisa blanca con chorreras ,pantalones apretados y zapatos de mujer con tacón. Montado sobre una moto(creo recordar que era una chopper), también púrpura. A los laterales de la foto un collage de flores sobre un fondo blanco. Si rara era la portada, el interior era increible. Incluía un poster enorme del cantante…”Prince and the Revolution”, decía. Y le pregunté a la amiga de mi madre, “¿Qué quiere decir esto?” “Prince es príncipe, and, y, the revolution, la revolución. O sea, príncipe y la revolución.” “¡Ahhhh!”, respondí. Inocencia divino tesoro…

Excitado, corrí hacia el reproductor que teníamos, integrado en una de aquellas “Hi-Fi”, que por aquel entonces hacían furor en el mercado. ¡Qué recuerdos! ¡Cómo ha cambiado todo en tan poco tiempo! Tenía un ecualizador manual para la adaptación de graves y bajos en el frontal. Puedo asegurar que más de uno y de una aprendimos a nivel autodidacta como adecuar dichos niveles, a base de ir jugueteando con los botones. Ahora subo éste, ahora bajo el otro…¡Y el cuidado que teníamos con la aguja! Eso ya no existe hoy en día, que pena…Ahora estas cadenas musicales se les considera “Vintage”.¿Vintage? ¡Pero si yo crecí con ello! En fín…Limpié el vinilo con mucho cuidado y puse la aguja delicadamente encima. Un órgano abría la primera pista: “Let’s go crazy”. Suena como cuando voy a misa, pensé, pero no, no era igual. Un hombre hablaba en reverb, abriendo paso a una batería y un riff de guitarra potente. Según transcurría la canción iba tomando más y más fuerza. Jadeos y gritos en la grabación. Algo que no había escuchado antes, acostumbrado a discos de Víctor Jara, Mercedes Sosa, Lluis Llach, Maria del Mar Bonet…No, eso era totálmente distinto. Era nuevo, distinto, raro incluso en la música que se solía radiar habitualmente en cualquier emisora. Era…¡fresco!, caótico a la vez que potente y con un ritmo endiablado.

Me enamoró desde el minuto cero. Y marcó mi vida. ¿Por qué? Sencillo. Gracias a Purple Rain y a Prince, conseguí que mi madre me comprara un diccionario inglés-castellano/castellano-inglés, y empecé a traducir todas las canciones al castellano. Tomé interés por mejorar mi conocimiento sobre dicha lengua, aprender sobre los distintos tipos de música. Qué era el rock, qué el funk, qué el R&B, la Motown, el Soul, el Jazz,el punk, el Minneapolis Sound…Hoy todo se evalúa con mediocridad, a mi modo de ver. Esto es indie, esto no. Esto es pop, esto no. Esto es dance, esto no. Nos hemos acostumbrado a simplificar los estilos. Estamos perdiendo cultura musical y l0s principales culpables somos nosotros, nuestra generación. Si les dedicáramos el mismo tiempo a educar musicálmente a nuestros hijos, sobrinos, etc, que el que les ofrecemos jugando a la consola de juegos, tendríamos un país más instruido en este arte.

La música es un bien mal valorado y maltratado. Exigimos calidad musical en un escenario donde triunfan grupos prefabricados, cajas de ritmo, y algo que personálmente me preocupa. Siendo ya joven, con dieciseis, trabajé como ayudante de D.J en la desaparecida discoteca Barnatown, aquí en Barcelona. Se encontraba en el espacio que ahora ocupa la llamada “Arena Madre”. Pues bien, los pinchadiscos y sus segundos éramos entertainers, y nos limitábamos a eso. A pinchar discos y fusionar cada introducción a la siguiente canción de modo manual, con el cuidado del artesano realizando su oficio. Ahora son grandes estrellas que cobran cantidades desorbitadas, por tres o cuatro horas mal contadas en sesiones que llevan ya pregrabadas desde su casa. Le dan a un solo botón y lo tienen todo hecho. Mientras los músicos se ven relegados a malvivir costeándose trayectos, estancias y más de una vez teniendo que abonar el poder tocar en según que sitios, sin percibir nada a cambio.

Hemos perdido el respeto a nuestra cultura musical, repito. Por eso cada vez que vuelvo a deleitarme con “Purple Rain”, un pequeño pedazo de mi alma se parte y lamenta todo lo perdido durante estos años.

One thought on “El vinilo que marcó mi vida.”

  1. Me he ido hasta muy atrás… vaya viaje has hecho. Juan, y yo contigo después de leerte.
    Nacimos en la época donde se nos pasa una generación de padres nacidos del rock, rebeldes y rebelados que después tratan de amarrar trancas a los atavíos que sus hijos cometen, mismos que ellos alguna vez disfrutaron.
    Y ¡la aguja!, caramba, ¡cómo cuidábamos la aguja!
    Qué forma de encontrarte con la música occidental. Y me ha pasado lo mismo que gracias a una rola más vieja y más cursi, me enamoré del idioma inglés. ¡Vaya! Tu artículo me ha hecho recordarlo. Mmm.. fue “Words don’t come easy” de F.R. David (1982), ¡uff! Creo que me acaba de salir otra línea de expresión en el rostro…

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