El triunfo de un genocida.

La aprobación a fecha de hoy del anteproyecto de la nueva ley del aborto, ha supuesto el triunfo de un genocida con nombre y apellidos: Alberto Ruiz Gallardón. Agrupaciones anti abortistas, con el beneplácito de la Conferencia Episcopal Española, muestran su alegría sin tapujos ante una reforma que supone un retroceso de más de treinta años en cuanto a derechos y libertades de la mujer, que tanto costó alcanzar tras cuarenta años de dictadura. Aunque no debería sorprendernos ya que el actual ejecutivo parece empecinado en deshacer todo un sistema de derechos, que ha supuesto el mayor avance que ha visto este país tras años de silencio, miedo e imposiciones a la fuerza. Con escollos, por supuesto, ya que el sistema territorial sigue siendo una asignatura pendiente blindado como si de un cristal de bohemia se tratara en un marco constitucional ya obsoleto. Claro que, cualquier malpensado podría afirmar, que éste tipo de actuaciones restrictivas, a saber: privatización de la sanidad pública, dejadez consentida al apoyo de la escuela pública multi-lingüística y aconfesional, ó el ferviente deseo de “reformar” (abolir si es posible) la actual ley de huelga, digo que podría afirmar que su objetivo es acelerar desmesuradamente la aprobación de cuantas medidas restrictivas, tanto si las respalda el marco legal o no, antes de abandonar sus culazos bien asentados en el poder utilizando la táctica del miedo y el desprecio a los ciudadanos, quienes al fin y al cabo somos quienes les damos de comer.

Pero el caso de nuestro genocida es asombroso. Sí, parece haberse auto erigido él mismo como el Cid Campeador en los intereses de las mujeres, valiéndose únicamente con un discurso “en defensa de los intereses de la mujer y la familia”. ¿Pero…que intereses, qué familia, la suya? No, seguramente su mujer no tendrá problemas si en un momento dado quisiera abortar, aparte de las vueltas que pueda dar a su rosario. Usted no puede hablar en nombre de las mujeres, simplemente porque usted es hombre y desconoce por completo el calvario que puede suponer, por ejemplo, para una menor de edad tener que escoger entre su futuro o un feto. Eso es un genocidio, quizás no según su definición a nivel lingüístico, pero sí a nivel emocional y social. Claro que no quisiera pensar que tiene usted prisa, al igual que sus compañeros de partido, por aplicar tantas medidas anticonstitucionales y, en este caso denunciada por la mismísima O.N.U, lo antes posible para contentar a sus votantes ultra-conservadores para así conseguir sus votos ya que el actual presidente ha perdido incluso su apoyo.

En fín, hoy sí podemos recordar y aplicar aquel viejo dicho popular, ¡anda qué curioso les va como anillo al dedo!, a Dios rogando y con el mazo dando. Sobretodo con el mazo. Mazazos son los que vivimos actualmente y por desgracia nos costará otra transición de más de veinte años para recuperar todas aquellas libertades que creímos, pobres de nosotros, haber alcanzado por fín.

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