L@s maldit@s

Una espesa cortina de arena le impide ver con claridad cualquier cosa más allá de sus propia nariz. Este es su segundo agónico día de travesía por un desierto sin fin, con la única compañía de un sol ingrato y el maldito polvo que empapa sus pulmones, aún habiéndose cubierto la cara con un pañuelo. La tormenta de arena le quema la parte de la cara sin cubrir por las gafas de aviador o el pañuelo, enrojecida como el culo de un mandril. O eso cree, ya que según todo cuanto sabe, se extinguieron cientos de años atrás. Los ancianos le enseñaron que fueron unas de las especies que más tardaron en desaparecer, aunque el hambre terminó por arrasar cualquier tipo de consideración humana para con sus antiguos congéneres. Algunos aseguraban que la culpa radicó en el frenético avance tecnológico iniciado a partir del siglo veintiuno, el cual aplicado al campo militar, abarató el coste de armamento permitiendo el afloramiento de grupos mercenarios con gran capacidad de daño. Le dijeron que la distancia de seguridad entre países seguros y conflictivos se fue reduciendo cada vez más, debido a la denominada “deslocalización del terror globalizado”, la cual consistió en trasladar la guerra y el terror a cualquier punto del planeta. La capacidad de facilitar las vías de comunicación entre grandes distancias, pudiendo compartir al instante cualquier tipo de contenido o información, supuso algo más que el inmenso beneficio para aquellas aldeas alejadas de los principales núcleos urbanos. En cuestión de pocas décadas el terror corrió como la pólvora y las libertades individuales se vieron reducidas a una falsa ilusión de seguridad. Grupos paramilitares privados tomaron el relevo allá donde los estados se encontraban con territorios con vacíos legales, o mejor dicho allá donde no era rentable invertir en seguridad. Las bibliotecas fueron lo primero en caer. “La cultura de un pueblo se puede medir por el grosor del polvo en los lomos de los libros de una biblioteca pública.” Eso decía un tal Steinbeck le aseguraron, y piensa que fué un gran hombre. Parece que arrecia el temporal y juraría haber escuchado el ladrido de un perro. Desea con todas sus fuerzas que no sea cierto y en caso de ser así, que no se trate de uno salvaje. Durante su último encuentro un perro salvaje casi le arrancó medio brazo, hecho por el cual se siente reconfortado al cargar con un potente machete colgado del cinturón. Cincuenta metros delante consigue ver una imponente puerta de al menos tres metros de altura forjada en hierro, entreabierta bajo un gigantesco portón de medio arco. Decide encender la polvorienta linterna que guarda bajo el chaleco, atento a cualquier posible movimiento camuflado en la oscura estancia. Desconoce cuán grande puede ser el espacio interior, aunque juraría que debe ser importante, ya que puede tratarse de una de las escasas iglesias católicas que permanecieron en pie. Al menos su estructura, ya que fueron pasto de pillaje y saqueo constantemente. Aquellas personas devotas que no sabían dónde encontrar un refugio seguro se dirigieron allí, para albergarse en un espacio sacro, confiando en que sería respetado. Pero cuando la decencia desapareció de las ciudades que las rodeaban, bien por el éxodo masivo, bien porque quienes quisieron resistir murieron, los inhumanos tomaron por la fuerza cada uno de los espacios restantes, sin importarles cuales fueran o el significado implícito que pudiesen tener. Ellos tenían las armas, por tanto ostentaban el poder y tenían el derecho a arrasar con todo. Eso es lo que dijeron. Mueve el haz de luz lentamente, de izquierda a derecha tratando de visualizar cualquier posible movimiento, cuando escucha, esta vez cláramente, el ladrido de un perro al fondo de la estancia. Inspira con fuerza para tomar el valor necesario y acelera el paso con firmeza hacia el interior. El sonido de los ladridos parece volverse cada vez más fuerte y claro y toda una serie de huellas de patas empiezan a marcar un claro sendero indicativo. Aprieta el paso con vigor mientras nota como su corazón galopa desbocado, ansioso por descubrir qué demonios pasa, para bien o mal. Se detiene en seco al entrever la figura de un animal lamiendo aquello que parece ser un cuerpo. El halo luminoso empieza a parpadear, así que golpea con la palma de su mano el culo de la linterna, con la esperanza de obtener estabilidad. El haz le obedece iluminando al can lameteando un esqueleto cubierto por harapos carcomidos por el tiempo, el cual parece sujetar un ajado tomo. Le da una voz al animal y este sale corriendo. Se acerca con delicadeza y recoge el viejo libro. Tan solo conserva la primera página, las demás se han desecho con el paso del tiempo. Acerca la página a la luz y lee “Este es el único libro que pude salvar de la biblioteca”. Recuerda la cita de Steinbeck y maldice al ser humano.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s