El funambulista

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El ardor y el dolor en maestra sincronía ya no importan, los pies son tan solo parte de tu receptáculo. Lo verdaderamente importante es que mantengas el equilibrio. No mires abajo por lo que más quieras, no mires abajo. Allá tan solo se encuentra el público, ajeno al riesgo, tú céntrate en mantenerte cuerdo sobre la cuerda ahora que llevas medio recorrido hecho. Recuerda lo que el maestro te decía durante tu época de cadete: “Respira, léntamente, permite a tu corazón y tu mente fluir al compás de tus pulmones. Dales quietud, sosiego, calma”. Cuántas veces recuerdas su voz con son de brisa, como el río que sábiamente se abre paso entre las rocas dándole la razón al tiempo.

Escuchas el griterío del auditorio y descubres que están lloviendo interrogantes, ¿hacia dónde va?, ¿por qué lo estará haciendo?, ¿qué pretende conseguir?, ¿es que nadie fué capaz de intuirlo? Pero nadie se pregunta quién eres, cuál es tu historia, si acaso ya habías efectuado este espectáculo funambulista con anterioridad, y en caso de ser así cuánta experiéncia podrías haber recogido previamente a dicho ejercicio. Eres consciente de tu propio conocimiento, aunque desconoces si eres ya maestro en dichas artes o símplemente otro aprendiz avanzado ,que con el paso de la vida y la vivencia de diversas situaciones ha ido adquiriendo seguridad poco a poco.

Pero aquí estás funambulista, dudando entre si dar otro paso más, mantenerte o volver. Volver sería demasiado fácil, ¿verdad? ¿O no? ¿Y mantenerse? ¿Sería fácil? Probablemente todo el mundo espera que continúes adelante, das un pequeño paso hacia adelante para luego jugar con el misterio y duda al mantener tu pié izquierdo en el aire. El derecho siempre dá más seguridad, o eso dicen, tal vez por eso decides intercambiar los papeles y en un grácil movimiento mantenerte entre la duda con el único apoyo de tu pié izquierdo firme. “¡Quiero pasar a la posteridad como el gran funambulista zurdo!”.

Das siete pasos más adelante descubriendo estar a tan solo dos pasos del poste final, allá donde puedes volver a tomar tierra firme. Vuelves a otear divertidamente al corral inferior y al ver el alboroto, decides entregar una inmensa sonrisa a la multitud mientras gritas:

“No os preocupeis!”

Está todo decidido, recoges el valor necesario, la vista al frente y entonces…

¡Bienvenidos todos y todas al circo amigos y amigas! Sonaba en los altavoces hacía apenas unas horas…

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