No te equivoques (No existen los mesías)

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Uno de aquellos extraños recuerdos de la niñez que me acompaña, y me atormenta con frecuencia para ser exacto, es el de aquella España católica, apostólica y romana. De palmas y palmones, de abriles y comuniones, y para llegar a aquella dichosa y honrosa “celebración de la família”, con todo mi respeto hacia los practicantes, la imposición de tres términos (como la trinidad, algo que me sigue pareciendo imposible de entender). Los niños de marinero, la niñas casaderas con puntilla y un factor común para todos: la catequésis.

Aprenderse de memória los diez mandamientos, el credo y el gloria era algo que para todos aquellos nacidos durante los noventa, o con posterioridad, resulta incomprensible. Podeis estar seguros que si mantenerse con vida en una partida multijugador de Call of Duty os parece difícil, esto era hardcore en comparación.

El cura de la iglesia donde ibas a efectuar dicho rito iniciático, al cual por lo general conocías o muy poco o nada, a excepción de quienes fueran a colegios católicos quienes los conocían muy bien, incluso con auténtica profundidad  (ese es un tema el cual, quizás, dedique otro artículo larga y tendidamente) te recibía con una sonrisa de par en par (algo que a más de uno y una resultaba tétrico, créanme) conocedor del absoluto apoyo de tus progenitores, (aceptamos amenaza zapatil como apoyo) en un cursillo absolútamente kafkiano a resolver en pocas semanas. Aquí no existía término medio. O aprobabas o te convertías automáticamente en el hazmerreir fracasado, sujeto al correveidile de toda tu familia, conocidos, amistades, del barrio, la comarca y todo mundoanillo.

¿Frustraciones por no conseguir pasar una pantalla del Candy Crush? Aficionados…

Todos los integrantes de aquella extraña sesión de grupo motivacional éramos partícipes de una misma sospecha, un mismo rumor.

El curso situado sin lugar a dudas en el number one de dificultad, en el rango de temas imposibles, muy por delante de aquellas malditas “Vacaciones Santillana”, parecía haber sido redactado por alguna mente enfermiza o tal vez por alguna agencia de inteligencia secreta, con el fin de sonsacar información al menos pintado. Era un suplicio, en serio, algo tan denso y misterioso que los mismísimos principios de la física cuántica, parecen un simple cuento de hadas en comparación.

No quisiera entrar en detalles es un campo complejo e inabarcable para este texto, el de la metafísica teológica, pero sí quisiera recordar cuán contradictorio me parecía, y me sigue pareciendo, la veneración sobre todas las cosas hacia un ente castigador, rencoroso temeroso y dominante, el terror que supone para una mente pequeña aún en desarrollo, la tortura, martirio, crucifixión y muerte ejemplarizante, en un acto de exaltación hacia la sumisión de un pueblo hacia otro o algo totalmente imposible ante cualquier lógica y razón.

Peca. Peca cuanto quieras. Haz el mal tanto, cuanto, donde y con quienes quieras. Cualquier tipo de atrocidad pensable o imaginable. Una sencilla oblea o trozo de pan ingerida, un perqueño trago de vino y la señal de un acruz ante tí, perdona, redime y olvida cuanto hayas hecho. Todo. En estos días de denuncia demagógica y xenofóbia barata de bar, con whisky Dyc y purito en mano debemos recordar y reflexionar al respecto de todo ello.

Yo no creo en el mesías, ni en el yavético ni el cristiano. Cualquier libro sagrado me parece interesante a nivel antropológico, nos ayuda a comprender la génesis y desarrollo de cualquier pueblo, y les animo sin dudar a que los lean si así lo desean sin complejos. Es un gran ejercicio de inteligencia y enriquecimiento cultural. Pero son solo eso, textos antiguos que sirvieron en ocasiones para marcar unas normas, definir y recordar ciertas tradiciones e insuflar esperanza en algunos momentos oscuros de la historia.

Me reitero. No creo en mesías de ningún tipo. Y es por eso que muchas veces cuando discuto con alguien, discuto del latín “discutere”, etimológicamente hablando para reparar, aclarar, discernir, intercanviar y/o compartir un punto de vista. Cuando discuto, digo, con alguien acerca de la desastrosa situación política, social y económica actual, enfatizando el degradante servilismo cómodo al cual todo el mundo se ha resignado y aceptado, y escucho la demencial respuesta: “Ya…pero…alguien tendrá que tomar la iniciativa para hacer algo…”, respondo con más contundencia aún: “No te equivoques. No existen los mesías.”

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