Acuarelas

acuarelas

 

“…y se marchó,

y a su barco le llamó libertad,

y en el cielo descubrió gaviotas,

y pintó estelas en el mar…”

Jamás me hubiese imaginado comenzar uno de mis escritos citando a Jose Luís Perales, un músico completamente en las antípodas de mis preferencias musicales. Son curiosos los giros de la vida, del destino incierto el cual nos sorprende diáriamente sin previo aviso.

Esta letra escrita hace poco menos de cuarenta años cobra en estos extraños días, un siniestro reflejo alegórico de los momentos por los cuales estamos pasando. Más allá de cualquier posible adquisición partidista sobre la marcha o abandono por parte de una densa parte poblacional hacia un estado propio, la gran mayoría de los catalanes y españoles nos encontramos a quilómetros del Rubicón social, donde nos situamos hace cuarenta años.

Aquella improvisada Carta Magna redactada por pocos a puerta cerrada, indulgente con muchos, demasiados, estamentos políticos, militares y religiosos e impuesta como única alternativa posible a cualquier proceso lógico, sano y coherente de transición, evitado como si de una tísis se tratara, comienza a denotar el malestar e incomodamiento social general que se percibe respecto a ella clamando al cielo, constatando cómo los cimientos han iniciado hace muchos años ya un derrumbe, maltrechos por la fragilidad que supone su inconsistencia en el marco político social en el cual vivimos. Metafóricamente hablaríamos de aluminosis constitucional.

Debo reconocerlo, soy un absoluto desconocedor del antiguo y noble arte del constructor. Más aún en la compleja manipulación del cemento, que los hábiles fresadores practican con maestría. Pero algo sí sé en mi ignoráncia. Cuando un maestro constructor hace oídos sordos a sus hermanos de profesión y en lugar de seguir los sabios cánones, y ordena al armero hacer uso de  material de desecho para la mezcla el problema adquiere una complejidad descomunal. No basta con aplicar tabiques de contención temporales pues la estructura terminará cayendo inevitablemente.

Y ciñéndonos a la metáfora tan solo el hábil uso de la escuadra y cartabón de un nuevo, éste sí, sabio arquitecto acompañado de las mejores manos capaces de mezclar el cemento en su lógica proporción, podrán formular la alquimia perfecta para primero retirar el elemento corrupto, sustituyendo los pilares maltrechos por otros nuevos acordes a los requisitos exigidos por el terreno que los va a soportar.

Éste nuestro edifício común hace mucho tiempo, demasiado, que adolece de lo expuesto encontrándose paradógicamente sorprendido e indignado, al constatar la, a su vez, común estupidez y desinterés por parte tanto de arquitectos como de aquellos en teoría “sabios” armadores, por solventar el reclamo popular para evitar que la estructura se venga abajo por completo.

Vuelan gaviotas en el cielo líbremente.

Ratas aladas según describen los dichos populares de los pescadores, aquellos a quienes tanto admiro y respeto. Animales carroñeros, los cuales giran en círculos constantes, tranquilos, sabedores que el silencio y la constancia juegan a su favor. Criaturas inmundas donde las haya cuyos graznidos aparte de ser terríblemente desagradables, son el aviso constante para con el más débil.

Sí, sabemos que estas ahí. Te estamos observando. Conocemos a la perfección nuestra amplia superioridad. Tenemos al tiempo como aliado y nuestra resistencia nos permite rondar y rondar tanto cuanto sea necesario, hasta que el desfallecimiento te impida mover cualquier músculo. Cuando creas tener derecho a poder aunar un hálito de energía inesperado…Caeremos sobre tí, nos amontonaremos alrededor tuyo y morirás gritando mientras nuestros despreciables dientes desgarrarán cada uno de tus músculos y extremidades. Viviendo una agonía indescriptible.

No se confundan. Así son las gaviotas. Todas ellas. Vistan el color que vistan, sean jóvenes o viejas. Graznen con un tono u otro. Todas son despreciables y carroñeras.

Y aquí nos encontramos nosotros señoras y señores. A bordo de un viejo bote bautizado hace mucho como libertad, y cuyo nombre es apenas perceptible en la actualidad debido al pernicioso efecto del salitre y los años. Tratando de pintar estelas en el mar de la confusión, del griterío, el ruido (demasiado ruido) de los descalificantes adjetivos calificativos. Que no nos prohíban o quiten nuestras acuarelas. Que podamos seguir pintando en libertad.

 

 

 

 

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