El escritor

mardeluna

Se desliza entre la multitud, suave, discreta y silenciosamente. Es tal su facilidad que dice la leyenda, antigua, tan antigua, parte de la propia memoria del tiempo que en un tiempo lejano cuando los hombres tan solo emitían ciertos sonidos, como mera comunicación, hubo algunos que se perdieron del resto tratando de volver al hogar donde descansaba su tribu.

Los jefes les habían mandado a la búsqueda de grandes ejemplares animales, pues a pesar de haber dominado ya el arte de la ganadería y la agricultura, empezaban a escasear las piezas de piel, grandes y cálidas. Y el crecimiento poblacional del grupo se estaba acrecentando.

Los viejos del lugar, hombres sabios que habían vivido en sus carnes las mieles de la paz ,así como las profundas heridas de las guerras tribales, depusieron las armas tiempo atrás tras el pacto de convivencia que unió a los diversos habitantes del territorio. Hartos de ver los campos anegados de sangre.

El consejo conocedor de cuán frágil es el tiempo de bonanza acudió a la vieja y ciega hechizera. La única persona entre todos capaz de poder contactar con los cuatro grandes espíritus protectores, el sol, la luna, la lluvia y el viento. Era de sobras conocido que tan solo las mujeres, reverenciadas hacedoras de vida, disponían de la capacidad mental, corporal y sensitiva para, no tan solo efectuar dicha conexión, sino un diálogo y comprensión directa de igual a igual.

Tras sumirse en un profundo trance la vieja fué poseída por cada uno de ellos al mismo tiempo y, con voz alterada, habló en nombre de los cuatro, mostrando la profunda ira de la lluvia, siempre caprichosa y en constante disputa con el viento y el sol. Se encontraba alterada, sobrepasada por el control diario al cual era sometida por los otros tres. Liberada de las cadenas a las cuales había sido sujeta tiempo atrás, juró una venganza inenarrable.

Los jefes pactaron y ordenaron que un miembro representante de cada una de las tres tribus (un hombre, una mujer y un joven muchacho), tomaran provisiones, sus mejores arcos y flechas y partieran en la misión de hacerse con tantas pieles de enormes ejemplares pudieran, para así poder cubrirse y guarecerse del terrible temporal al que iban a ser expuestos.

Los yermos campos de la muerte, cubiertos por la densa sangre vertida en la terrible guerra en la cual se enzarzaron las tres tribus tiempo atrás, ralentizaron su partida. Pues las almas de los caidos todavía se enfretaban entre sí, y aquellas hartas de la contienda intentaban arrastrarles hasta la profundidad haciendo uso de sus pútridos brazos. Tras conseguir salvar dicho pandemonio alcanzaron las grandes estepas, donde pastaban los mastodónticos ejemplares que habían ido a buscar. Tuvieron buenas cazas al ser los tres expertos cazadores, adiestrados desde su niñez en el virtuoso oficio de dichas prácticas.

Secaron las pieles al sol, recogieron las grasas en múltiples alforjas y toda aquella carne de la cual no iban a hacer uso, la entregaron con sumo respeto a los animales fatigados necesitados de la misma.

Agruparon los maderos que habían portado para construir sencillos trineos, donde cargaron todas las provisiones y pusieron marcha de vuelta a su hogar.

Pero al llegar al lugar donde debían encontrarse con el tétrico yermo perdieron su rumbo. Una espesa niebla dificultaba el paso. La tirana lluvia había arrasado con el lugar cubriéndolo por completo en una espesísima cortina de agua, tan fina que impedía poder ver más allá de sus propios hombros. Con valentía y constancia los tres fueron avanzando lentamente, con cautela, paso a paso. Pero cuando por fín lograron alcanzar el otro lado, allá donde debían descansar todos sus demás compañeros, no encontraron absolutamente nada. Cualquier resquicio de vida o recuerdo de quienes eran, casas, corrales, cultivos, todo se habia esfumado.

Tras frotarse los ojos horrorizados volvieron a comprobar el terreno. ¡Sí, efectívamente ese era el sitio! Todo era exacto excepto un arbol situado en el preciso espacio donde, anteriormente, se encontraba el epicentro del poblado.

Se trataba de un antiguo sauce, desnudo, con cientos de hojas secas a sus pies. El hombre y la mujer se quedaron fríos ante la pespectiva pero el muchacho decidió acercarse a él, sorprendido e inquieto por un aspecto desapercibido por los otros dos. Una pequeña figura no mucho más alta que él, sostenía en la palma de sus manos varias hojas verdes, y extendía sus brazos hacia él en un gesto bien parecido al de una bienvendia a los recien llegados.

Una larga y arremolinada melena cubría sus hombros y espalda y sus cabellos parecían moverse con el suave movimiento de un mar de luna. Cuando el chico llegó a ella descubrió a una muchacha quien, tras sonreirle, le dijo: No tengas miedo, todo ha pasado ya. La vengativa lluvia se alió con pérfida muerte que gobernaba en el tétrico yermo para arrastrar todo consigo. Pero mis tres padres, la luna, el viento y el sol arrastraron la sangre, germinaron el suelo y expulsaron a ambos al olvido permanente. ¡Cómo quieres que esté tranquilo! dijo él desconsolado, mientras las lágrimas cubrian sus mejillas y cara, ¡No queda nada, qué va a ser de nosotros!

Ella extendió con dulzura su mano y calmando su llanto le contestó en voz baja, apenas un susurro: Porque yo soy la memoria y los dos repoblaremos el lugar. Traigo conmigo un arte poderoso que trasciende al tiempo y al espacio. Aprenderemos el misterio de los signos y las letras y con ellos su recuerdo y el nuestro jamás será olvidado. Siempre perduraremos, mucho después de ser abrazados con ternura por la luna, el sol y el viento. Una vez nuestras vidas hayan llegado a su fín.

Se desliza entre la multitud. Suave, discreta y silenciosamente. No pertenece a ningún lugar en concreto, pero es partícipe activo en todo lugar. Es el portador de la verdad y el tiempo, es el escritor. Aquel que en susurro te hará soñar.

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