De orgullo y de miedo

Uno de esos sueños inalcanzables que sacuden de tanto en tanto a este humilde escritor, es uno que compartimos gran parte de los seres humanos. El viajar. Tanto dá cuánto haya viajado uno. El viajero, por defecto una persona ávida de conocimiento, siempre tiene una perpetua ansia de expansión. ¡Ojo! No nos confundamos. Expansión mental. Hablo de aquellas maravillosas experiéncias de marcharse sin viajes concertados, sin pulseritas de complejos con daikiris o piñas coladas a tutiplén. Más bien ejerciendo el maravilloso uso del experimentar ser aprendiz sin complejos, en viajes iniciáticos allá donde los pies pisen. Mezclándose en diversas culturas, viviendo el día a día, aprendiendo nuevas lenguas, costumbres, realidades o gastronomía. Empapándose en los inigualables centros de los barrios bajos y obreros. A ese tipo de viaje me refiero.

Comprendo y respeto toda aquella persona que prefiere rascar la superfície de una zona, móvil o cámara en mano. Click, click, click. Mira qué fantásticas fotos nos hemos hecho aquí y allá, las increibles playas de arena blanca y fina, el descomunal resort donde hemos estado con buffet libre. Zumo de naranja exprimido al momento, copas de champagne para desayunar con fresas o el titánico crucero a través del cual, visitamos en siete días cinco ciudades.

Ya, sí, muy bonito. ¿Y la gente qué tal? ¿Estuvísteis en la lonja de alguna ciudad costera? ¿Qué tal el pescado? ¿Qué suelen comer? ¿Algún plato típico de la zona? ¿Alguna tasca pintoresca con precios populares? Vamos, de toda la vida. Eh…no sé. Ya. ¿Y así, algún local canalla que me puedas recomendar por si fuera alguna vez por ahí? Pues…no, no se. Es que estuvimos en el complejo todo el tiempo. Ya. Pero alguna panadería y horno tradicional, donde disfrutárais postres autóctones habreis conocido, ¿verdad? Pues no.

Guárdenme de dichos viajes y si alguna vez pensaran en invitarme a alguno de ellos, porfavor no malgasten su tiempo.

Me llaman las raíces, las experiéncias. Todas. Incluso las malas. Las calles oscuras, el tipo que se te acerca intentando vacilarte al principio, y con el que tal vez acabe a las cinco de la mañana comiendo pan recién hecho, o cualquier rico dulce. Todo ello me habla de personas no de gente. Y cuanto más me hablan, más aprendo. Y cuanto más lo hago, más enseño. Porque soy una parte de esa rara avis, de esa extraña clase de personas etérnamente aprendices y etérnamente maestras y maestros.

Veo la estupidez del nepotismo aparcada permanéntemente en preferente, en esta sociedad actual, y recorre de pies a cabeza un horripilante sudor frío por mi cuerpo.

De orgullo y de miedo.

El miedo a acabar el fín de mis días siendo un pingüino o una serpiente más cambiando su piel constántemente, me mantiene alerta como un vigía. Algo que con humildad me llena de orgullo, la satisfacción la dejaré para otros.

Desde esta preciosa sában de culturas y de diferencias se despide el escritor. Levantando la copa al viento mientras grita: ¡Va por ustedes, salud! Por la vida y por el amor.

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