Quiero y no puedo

 

Podríamos definir la sociedad española a partir de su sistema de convenciones establecidas como parte troncal, en su base de cultura popular. Así nos encontramos, paradójicamente en pleno siglo XXI, con dichos mecanismos de obligado cumplimiento a nivel interpersonal en fechas concretas, entre muchas éstas mismas que nos rodean, si no queremos ser tildados, bien sea cara a cara o a machetazo limpio por la espalda, de rancios, amargados y asociales, y me quedaría corto aún.

Tanto da en estas fechas el signo político o religioso de cada uno. Puedes ser de derechas, de izquierdas, nihilista o socialista, que es lo mismo que no ser. Qué importa si eres católico, evangelista, ateo o pastafari. O pasas por el aro o te tildarán de looser y paria a nivel demoscópico. Tienes que desear y celebrar una feliz navidad.

¿Por qué, díganme, por qué? Yo quiero y no puedo, en serio. ¿Por qué debo expresar una feliz navidad?

¿Acaso hemos logrado erradicar los deshaucios? ¿Y el terrorismo machista? ¿Conseguimos finalizar con la homofobia, o la vergüenza de provocar la miseria en países como Paraguay, Nigeria, Camerún o Guatemala, para después criminalizar a tod@s aquell@s que se juegan la vida escapando del horror e intentar llegar a nuestro país, eso si consiguen no ser tragad@s por el inmenso cementerio acuático en el cual se ha convertido el mediterráneo? Tal vez todo esto haya sucedido, si es así disculpen estas críticas sinceras, aunque mucho me temo que todo sigue igual.

¿Y qué sucede con nuestros mayores? ¿Han logrado por arte de biribirloque disponer de unas pensiones decentes, que les permitan simplemente vivir? Diría que continua el exilio forzoso de millones de jóvenes talentos, gracias a la nula apuesta e inversión estatal en ellos, hecho por cierto que padeceremos durante décadas. Gracias deberíamos dar a su vez a los miles de inmigrantes, sí, aquellos a quienes tanta bilis se derrama gratuitamente día sí día también, no tan solo por aceptar aquellos puestos de trabajo en su mayoría mal pagados y, que conforman tristemente buena parte de la economía sumergida del país, sino por ser la principal base de natalidad que compensará en tanto cuanto puedan, el envejecimiento descomunal del mismo.

Pudiera continuar planteándome si durante estos días la justicia se ha vuelto justa, pero lo dudo mucho. Los recortes sociales perviven de un modo escandaloso, la ley mordaza impide la libre expresión, reunión y manifestación. El falso “marco de convivencia que nos dimos entre tod@s”, sí, la sacrosanta Constitución continúa blindada gracias al acuerdo entre banca, empresariado, sindicatos, partidos políticos, iglesia, jueces, monarquía y demás maleantes como diría el chocolatero. Quisiera tildarles de mal vivir, pero me parecería un insulto a la inteligencia. Ellos, exactamente ellos, mal vivir no lo hacen. Para eso estamos nosotr@s. Deberíamos hablar entonces del acuerdo que se dieron entre ell@s, no entre nosotr@s.

“¡Muera la inteligencia!¡Viva la muerte!”, proclamaba Millán-Astray. Y así una de las máximas expresiones de la democrácia en su crítica social, es perseguida actualmente. La comedia y por ende los cómicos.

Claro, luego habrá quien me llame exquisito o manipulador por mencionar la existencia a fecha de hoy de pres@s polític@s. Sí amigos. Existen. No tan solo por la prevaricación continuada del estado al mantener presas a estas personas, durante más de un año, sin haberse celebrado juicio alguno, por tanto no habiendo sido condenadas y disponiendo a nivel estatal de recursos para evitar una supuesta fuga, la cual por cierto nunca se llevó a cabo. Se prescinde del supuesto de presunción de inocencia y se torna por presunción de culpabilidad con el agravante, de ser obvio a nivel popular, que el proceso judicial que comience a principios del próximo año ya habrá sido resuelto en su sentencia condenatoria.

Porque más allá de la diatriba retórica que ejerzan fiscalía, acusación popular y los diversos medios de desinformación, públicos y privados, a nivel estatal en España, el “moll de l’os” que diríamos en Catalunya, el tuétano a tratar y el cual tanto sociedad como políticos y jueces se niegan a reconocer es el cuestionamiento, fíjense que curioso, del punto exacto del sistema por el cual inicié ésta reflexión. El sistema de convenciones establecidas como parte troncal, en la base cultural que define a la sociedad española.

Quiero y no puedo. ¿Y por qué no? Ni puedo, ni quiero. Buenas noches, buena suerte, y que el próximo año sea, al menos, mejor que este.

sadclown

 

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