Orgullosos

Recuerdo haber visto la imagen cientos de veces. Bien en películas: “Los últimos días”, “Soylent Green”, “Contagio”, “Blade Runner”, “Soy leyenda” … Bien en juegos: “The last of us”, “Fallout”, “Days gone” … Y por supuesto en la literatura: “La peste”, “Saga Metro”, “Mecanoscrit del segón orígen” … 

Pero el impacto es inesperado, inevitable, conmocionador y brutal. Somos una especie orgullosa, demasiado orgullosa. Creida hasta la saciedad, fuimos despreciando el pasado, creyéndonos mejores que nuestros ancestros y navegando en la cresta de la ola del avance tecnológico, desdeñamos nuestra propia fragilidad en una locura individualista cada vez más cruel y acérrima. Competitivad desbocada que nos sumergió de una forma irremediable en el olvido de nuestras propias bases. La magna esencia que nos caracteriza. Somos animales destinados al cuidado y trabajo colectivo.  

Por eso el golpe ha sido y, muy desgraciadamente será bastante tiempo, demoledor. Ahora estamos obligados, ya no solo como pequeños grupos tribales o medios sociales, sino en un inmenso conjunto humano global, a aceptar que vamos a sufrir, mucho por desgracia, y durante un largo espacio de tiempo, de un mal que puede afectarnos a cualquiera. Independientemente de nuestra clase económica, credo religioso o de pensamiento. Todos nos encontramos expuestos del mismo modo. Y aquel afán por distinguirnos del prójimo por el cual cabalgábamos sobre la cresta, de manera demencial, de nada sirve ni servirá. Los recelos ideológicos, confesionales, la hipócrita superioridad moral sinsentido que tanto mostramos para con hermanos de sangre de otros territorios, a los cuales abocamos a guerras o miserias de nada sirven ya. Ahora todos somos conscientes de la inmensa levedad de nuestra existencia. 

Como colectivo necesitamos reafirmar nuestras esperanzas, por eso aplaudimos agradeciendo el descomunal e impagable trabajo de millones de médicos y sanitarios, aquellos a quienes hasta hace muy poco se les ninguneó y despreció de manera demencial. Pero debemos tener cuidado. Si bien es cierto que debemos mantener siempre cierto optimismo ante tan dura realidad, no debemos caer en el autoengaño.  

No. Todo no irá bien. Nada va bien, ni lo hará durante mucho, mucho tiempo. Hay y habrá mucho sufrimiento y dolor. Y debemos aceptar esa situación en lugar de negarnos a reconocerla. Aceptarlo y acompañar a todos quienes sufran. 

Debemos empezar a ser coherentes, poner los pies sobre el suelo y aparcar el orgullo y egoísmo que nos ha caracterizado, tristemente, como colectivo hasta ahora.  

No. Esta realidad no desaparecerá en dos semanas, ni un mes, ni dos. Seamos sensatos y afrontemos el problema de cara. La mal llamada Gripe Española de 1918, sin disponer del alcance que hoy en día tiene el Covid-19, se cobró 50 millones de muertes. 

Es cierto. No existían los avances tecnológicos que hoy disponemos, pero una cosa es cierta, tardaremos entre doce y dieciocho meses en poder disponer de retrovirales, que puedan ser aplicados con resultados efectivos a nivel global. Debemos empezar a relajar la sobreexposición de euforia, o corremos el riesgo de no saber gestionar individual y colectivamente, afrontar una realidad que no responderá a unas expectativas demasiado altas.  

Nuestra vida y forma de socialización, no va a volver a ser igual. Por lo menos durante un largo espacio de meses. No habrá grandes concentraciones, ni conciertos en estadios, ni partidos de futbol, ni inmensas celebraciones, deberemos guardar las distancias, reaprender y re enseñar a nuestros pequeños la gravedad de la situación, así como que llegará un dia en que podremos volver a reunirnos en grandes grupos, pero tardará.  

 El reto es descomunal, porque al habernos dejado llevar por aquel orgullo de invencibilidad que al principio comentaba, durante tantos años, nuestra psique reacciona instintivamente en primera instancia. Reniega de aquello a lo cual no la hemos preparado.  

Es nuestro deber cuidar toda precaución, por el bien propio y el colectivo. El uno sin el otro no es posible y viceversa. Pero es nuestra obligación exigir a todos los gobiernos y entidades, sean del tipo que sean, que actúen pensando en el futuro, que es el ahora a su vez.   

La militarización no tiene sentido alguno ante esta realidad, ni ante lo que nos espera. Es una respuesta que responde a antiguos arquetipos. Aquellos que reaccionan ante un enemigo visible, individualizable, nombrable, reconocible. Este no es el caso. Y el cariz que se está exponiendo es erróneo.  

Misma situación nos encontramos ante las respuestas, otra vez orgullosas, nacionales.  

Muchas son las veces en las que se comenta por parte de tertulianos, lo que pudimos aprender de la crisis de la construcción de hace diez años. Mentira. Son modelos incomparables.  

No lo son porque en este momento afrontamos una crisis que afecta a absolutamente todos los tejidos productivos, en todos y cada uno de los países del globo. Todos. La creencia estúpida de poderse encontrar en una situación privilegiada frente a otros países y mercados es descartable. Todos vamos a sufrir el impacto devastador. Tal vez unos países puedan aguantar durante un pequeño periodo, pero el batacazo será común.  

Por eso reivindico que debemos empezar a aparcar el orgullo y el egoísmo que, desgraciadamente, tanto nos ha caracterizado hasta ahora. Tan solo existe una salida posible: la cooperación en la búsqueda de soluciones político, sociales y económicas a nivel global. Y ese, por desgracia, será el trabajo más duro, laborioso y que más tiempo necesitará auténtica dedicación absoluta.  

Mientras tanto, no lo duden. El ser humano dispone de una característica maravillosa. Su capacidad de aprendizaje, adaptación y superación. Eso sí, por favor, hagamos que generaciones venideras se sientan orgullosas de nuestros actos presentes. 

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